CONTEXTO HISTÓRICO: CAPA Y TARO

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En el origen del mito de Robert Capa no hay un solo nombre, sino dos. Antes de que existiera el fotógrafo célebre, estaban Endre Friedmann y Gerta Pohorylle: dos jóvenes refugiados judíos, él húngaro, ella alemana, que coincidieron en París en 1934, en un tiempo de exilios y esperanzas rotas. Juntos inventaron una identidad nueva, un escudo y una estrategia: el seudónimo Robert Capa, un nombre de resonancia norteamericana que ocultaba, al mismo tiempo, a los dos. Tras esa firma trabajaron, viajaron y soñaron con cambiar el mundo desde la mirada del fotoperiodismo.

El nacimiento de “Robert Capa” fue tanto una idea práctica como un acto de rebeldía. En una Europa convulsa, los editores compraban con desconfianza las fotos de dos jóvenes extranjeros. El “fotógrafo norteamericano Robert Capa” —inexistente, pero convincente— pronto se convirtió en un éxito comercial. Solo más tarde revelaron el engaño, cuando el mito ya había comenzado a crecer por sí solo.

Durante los meses de la Guerra Civil Española, Capa y Taro trabajaron como un solo cuerpo y una sola mirada. Compartieron cámaras, riesgos y visiones; cubrieron los mismos frentes y, a menudo, firmaron bajo el mismo nombre. Algunas imágenes de esta exposición llevan su huella común: es imposible saber si fue ella quien apretó el disparador o si lo hizo él. Lo cierto es que Robert Capa fue, en su origen, una creación a cuatro manos, un territorio compartido entre dos vidas y dos talentos.

Gerda Taro murió en Brunete, en julio de 1937, con apenas 26 años. Robert Capa nunca se recuperó de aquella pérdida. A partir de entonces, el seudónimo que habían inventado juntos pasó a ser solo suyo, pero la presencia de Gerda nunca desapareció de sus fotografías. En muchas de ellas —en la intensidad de los gestos, en la cercanía de los cuerpos, en la humanidad que desborda el encuadre— se adivina todavía la mirada de ambos.

Hoy, al observar estas imágenes, es posible intuir la vibración de esa complicidad. En cada disparo, en cada instante detenido, habita una duda razonable y hermosa: ¿quién miraba realmente a través del visor? Quizá los dos. Porque durante un breve y luminoso tiempo, Capa y Taro fueron una sola mirada, y en esa unión crearon no solo un nombre, sino una manera de contar el mundo.

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